Luis
Huete

Profesor IESE

IESE Business School – University of Navarra
MBA Marketing (1980 – 1982)

Nací en el madrileño barrio de Chamberí en 1956 en el hospital de la Milagrosa. Soy el mayor de seis hermanos. Nuestros padres, ahora ancianos, nos enseñaron a estar unidos y apoyarnos.

¿Mi juventud? Tranquila: deporte, estudio, pintura, leer, meditar, y poco salir por la noche. Me quede sin saber lo que era la movida madrileña. Por fortuna.

Estudié Derecho, que no me gustó, y tras algunos subempleos postulé al MBA del IESE al inicio de 1980. Al ser aceptado se abrió una esperanza. El IESE fue un antes y un después en mi vida profesional.

En septiembre del año 1980 me traslado a Barcelona. Tenía 24 años y un corazón lleno de alegría por cursar el MBA del IESE. Alegría y susto, cómo negarlo.

21 meses después de empezar el Máster, ya estamos en junio del año 1982, me graduaba con buenas calificaciones y con la enorme alegría de tener una oferta de trabajo en el IESE.

Fue el profesor Pedro Nueno quien me abrió las puertas de la carrera académica. Nunca se lo agradeceré lo suficiente. Iba a iniciar una carrera académica que implicaba doctorarse en Estados Unidos y volver con habilidades para publicar en revistas científicas, sacar adelante algún encargo directivo en el IESE, hacer pinitos como consultor y lograr que los participantes te dieran puntuaciones razonables en clase. ¡Qué proyecto más apetecible!

Tenía otras ofertas de trabajo al acabar el Máster, principalmente de bancos de inversión. No dudé ni un minuto en elegir IESE. Y eso que la asignatura Finanzas Internacionales, y su profesor Harald Burmeister, acabaron en lo más alto en mis ranking de asignaturas y profesores. La carrera académica tenía un enorme valor aspiracional para mí tras la experiencia en el MBA. Quería ser como los profesores que tuve la suerte de conocer. No fui el único en quedarme. Algunos compañeros de promoción también aceptaron una oferta similar.

Los dos primeros años de trabajo en el IESE, de 1982 a 1984, fueron de iniciación en la vida académica y de preparación para tramitar la admisión en un doctorado en Estados Unidos. El año 1984 me trajo una buena noticia y otra no tan buena. La buena fue la concesión de la mítica beca Fulbright que me cubría todos los gastos del doctorado en USA. La no tan buena fue la no admisión en Harvard Business School. Puede que por falta de sustancia, pero desde luego por falta de forma. Hice una aplicación francamente mala. No estaba en esa onda. Y lo pagué. Por fortuna me admitieron en Wharton y Boston University. Elegí la segunda. Y acerté.

En Boston University conseguí una directora de tesis fantástica. Me hizo trabajar lo que no está escrito. Tuve que aprender investigación operativa y modelización estadística viniendo de una carrera de letras como era Derecho. Y el milagro se produjo. Mi disertación ganó el premio a la mejor tesis doctoral de Estados Unidos de ese año otorgado por el Decision Science Institute, una institución de académicos “matemáticos”. “Gané” a un buen número de asiáticos que habían cursado PhD de cinco o seis años en las mejores universidades americanas.

No perdí el tiempo en Boston. Además de hacer el doctorado en tiempo récord, viaje por toda América (norte y sur), y conseguí dos empleos como investigador; uno en Boston University y el otro en Harvard Business School.

En esta última institución formé parte de un grupo de profesores e investigadores que se denominó Service Research Interest Group. Y ahí conocí a mis dos grandes mentores: Earl Sasser y Jim Heskett. Lo que estos dos señores, porque lo son, han hecho por mí es extraordinario. Merecería un capítulo aparte. Otro profesor de Harvard, Dick Dooley, también hizo de mentor mío y me trató como si fuera su hijo. Todas las fechas señaladas de los tres años que estuve en Boston las celebraba en su casa. Por desgracia falleció por cáncer a los pocos años de que yo acabará el doctorado.

Ya estamos al inicio del año 1988. La tesis acabada y las maletas hechas para volver a Barcelona. No sin haber sido tentado por INSEAD para cambiarme de bando. Mi lealtad al IESE era, y es, inquebrantable. A las instituciones, como a las personas, hay que quererlas no por cómo son, sino a pesar de cómo son.

Mi regreso a Barcelona fue a finales de febrero del año 1988. Tenía 31 años. Y todo el deseo del mundo de hacer fructificar lo sembrado en los años en Boston. Al llegar me encuentro un trimestre, abril-junio, con la carga docente de un año entero. No me quejé, ni lo rechacé. En ese trimestre el estrés pudo conmigo y lo pase bastante mal. Acabé sin fuerzas: me mareaba… no comía… los sábados me quedaba dormido en cuanto me sentaba.

Los tres años siguientes no fueron mucho mejores. En julio de 1988 dimite el director del Máster con su equipo por un desacuerdo con la dirección general del IESE. Y sin comerlo ni beberlo me nombran director del MBA con 32 años. No era el momento. No era la persona. Me encontré con el lógico desdén de muchos colegas. Mi bisoñez no les despertaba confianza. No lo tuve fácil.

Duré apenas tres años en la dirección del MBA. Sufrí y disfruté intensamente de esos algo más de 1.000 días. Creo que se hizo muy buena labor de equipo. Los resultados hablan por sí mismos. Esa fue la recompensa que tuve y el precio fue un gran estrés, mi “expulsión” del mundo de publicaciones en revistas científicas y un rendimiento en clase más bien mediocre.

Ya nos encontramos en julio del año 1991. Con un nuevo encargo. Montar un programa de dos meses para profesores de escuelas del este de Europa. La idea era hacer algo similar a lo que había hecho Harvard, décadas antes, con profesores europeos; y que tanto ayudó a que las escuelas europeas estén hoy en día compitiendo al mismo nivel que las americanas.

Ese encargo duró nueve años. Y me dio la oportunidad de ayudar a unos 200 profesores del centro y este de Europa. Con muchos de ellos sigo guardando una verdadera relación de amistad. Esos años, que duraron hasta el año 2000, fueron espléndidos. Me asenté como profesor, di seminarios con mis mentores de Harvard por medio mundo, conocí a fondo el centro y este de Europa, mi curso de segundo año del MBA se hizo muy popular, sumé a Tony Robbins como nuevo mentor, recuperé la forma física, y conocí a quien hoy es mi mujer.

En el año 2000 dejé de ser profesor del IESE a tiempo completo. Era profesor ordinario a tiempo completo y pasé a extraordinario, que es una de las denominaciones de los profesores a tiempo parcial. Como decía Rafael Termes, el nombre de “extraordinario” no habla tanto de la calidad docente como de la excepcionalidad en que la institución requiere tus servicios. Así ha sido, muy a mi pesar, en mi caso.

Hoy, veinte años más tarde, me dedico básicamente a cinco cosas, no solo para ganarme la vida, sino sobre todo para cumplir mi propósito que es el que a más gente buena le vaya bien en la vida.

La primera actividad a la que me dedico es a dar clases en diversas escuelas de negocio. No hay nada que me pueda gustar más. Estoy muy contento de haber dado clases en programas regulares en Harvard Business School, pero también lo estoy de haber dado clases en instituciones educativas de los cinco continentes.

Mi segunda área de actividad son los eventos para empresas. Tengo mucha experiencia como facilitador y “agitador” de equipos directivos. Normalmente son Comités de Dirección. Hago que piensen y decidan juntos. También hago muchas presentaciones a 200, 500 ó 3.000 empleados en vivo o en formato online. De una manera más estable, desde sus Consejos de Administración, también colaboro regularmente con cuatro o cinco entidades.

También me dedico, es mi tercera actividad, a la consultoría. En colaboración con otros profesionales lo habitual es trabajar con una decena de empresas en proyectos que suelen durar un año.

Mi cuarta actividad es escribir libros. Tengo publicados una docena de ellos. También soy un habitual de la revista profesional Harvard-Deusto Business Review.

La quinta actividad es el acompañamiento personalizado de altos directivos. Una fusión de coaching y mentoring.

Desde ciertas perspectivas se puede decir que mi vida profesional ha sido un éxito. Y desde luego gracias al IESE. Me he hecho un nombre, he trabajado con muchos VIPs, he conseguido clientes en 70 países, he formado a gente a la que después le ha ido muy bien; y he logrado que mi familia viva, ahorrando, de manera desahogada.

A mis 65 años, le doy una importancia relativa a esos éxitos. La vida empieza a atardecer para mí. Soy consciente de que se me examinará en el amor y de que he de prepararme para ese último desafío. Ello me estimula a vivir con más intensidad y propósito el presente.

Áreas de interés

Intelectualmente me atraen las biografías, la historia y la psicología aplicada al liderazgo.
En cuanto a hobbies destacaría los viajes, el golf, el senderismo y la buena cocina.

Publicaciones

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